viernes, 17 de febrero de 2017

Malkovich en La Térmica


La Térmica ha presentado desde el 15 de octubre de 2016 la exposición inédita en España “Malkovich, Malkovich, Malkovich: Homenaje a los maestros de la fotografía” del prestigioso fotógrafo norteamericano Sandro Miller, un fotógrafo estadounidense reconocido por su trabajo publicitario y  especialmente por su colaboración con el conjunto “Steppenwolf Theatre Company of Chicago”. Este proyecto ha sido producido por diChroma photography y  ha permanecido expuesto al público  hasta el 29 de enero de 2017.
La Térmica es un centro de creación y producción cultural contemporánea situado en la ciudad de Málaga gestionado por la Diputación. Como foco cultural y social impulsa la creación y la difusión artística. La Térmica da cabida a todas las formas de expresión artística, desde las artes escénicas a la moda, pasando por el cine, las artes plásticas, la música, el diseño, la arquitectura, el urbanismo, el paisajismo o el pensamiento, programas de residencias, talleres, formación y apoyo a creadores y emprendedores con aportación de recursos económicos, técnicos y humanos necesarios para garantizar el crecimiento profesional de los participantes.
Miller, en 2013, ideó el proyecto que consiste en una selección de 41 de las más memorables fotografías del siglo XX con el ingrediente de la reinterpretación. Decidió que dicho “performance” fuera protagonizado por el actor John Malkovich, quien es uno de los grandes actores norteamericanos del siglo XXI, como sujeto en cada imagen. Así, apreciamos cómo Malkovich, muta desde Salvador Dalí hasta Meryl Streep con soltura, ya que tiene una gran capacidad de transformación en diferentes personajes, en este singular homenaje a la historia de la fotografía. Pero ahí no finalizan estas consideraciones, porque se hacen evidentes aspectos subyacentes a las imágenes presentadas: Miller desafía a Roland Barthes y a Michael Fried.
Según Roland Barthes en “La Cámara Lúcida” el “punctum” vendría dado por la fascinación, por la emotividad, que provoca una respuesta en el espectador, por algo que no se busca, sino que sale de la escena para "punzar" a éste. Son elementos que se incorporan al azar en la imagen y se encuentran en fotos que no están conscientemente hechas. Basta con verlas, para percibir esa punzada en pleno rostro. Se dan siempre dentro de un encuentro azaroso, nunca premeditado. Sin teatralidad. Para Barthes el hecho de posar  es un elemento teatral.
Al hacer que Malkovich pose frente a su cámara, Miller, altera el interior de de las fotografías elegidas para la alquimia y Malkovich se posesiona de la escena, se altera a sí mismo, se fabrica otro cuerpo, y se transforma con anterioridad en imagen, y manifiesta: “También soy distintos mirar, soy el que creo ser, el que quiero que otros crean que soy, el que el fotógrafo cree que soy, y aquel quien yo quiero ser”.
Por otra parte se presenta la posición de Michael Fried: El punctum  está latente en las fotografías contemporáneas para brotar de ellas, revelarse por medio del inexorable paso del tiempo”.
Miller juega con la teatralidad al impulsa una continua imitación, sin cesar, lo que da lugar a la creación de una impostura (teatro), añade numerosas capas de pátina, otorgada  inexorablemente por el tiempo a las fotografías seleccionadas y de vieja data, y así oculta el “punctum”, antes latente, y le impide revelarse. Miller desafía a Roland Barthes y a Michael Fried, al “punctum” y al tiempo.
Ahora bien, el resultado que se impone de este reto, remitente a la escena del enfrentamiento entre el protagonista de “Dangerous Liaisons” el vizconde de Valmont (John Malkovich) y caballero Raphael Danceny (Keanu Reeves), es que el gran vencedor, a diferencia de la citada interpretación, es Malkovich pues confronta al espectador con el argumento contundente de su actuación y dice en cada fotografía de la muestra:    Touché. 



Fotografía original Dorothea Lange “Migrant mother” (1936)

 Fotografía original Andy Warhol “Green Marilyn” (1962)

Fotografía original Philippe Halsmann “Salvador Dalí” (1954)

Fotografía original Horst P. Horst “Mainbrocher corset” (1934)

Fotografía original Annie Leibonitz “Meryl Streep” (1981)









sábado, 4 de febrero de 2017

Adivina cuál perfume llevo



Carolina perdió su bufanda en el mercado de Huelva. Se lamentó por ello por largo tiempo y más porque el invierno arreció aún en la tierra amable de Andalucía.
Le dijo a su esposo en vista de que su querida bufanda no aparecía por ningún lado:
—Deseo una bufanda igual a la que extravié, negra, sin más adorno que unos flequillos y que no arme bolitas.
Su esposo la escuchó con atención, y creo que también alguien más.
A los días y ya de regreso a Málaga, fue a un centro comercial. Quería hacer unas compras para la celebración del día de Reyes que preparaban en su piso, junto a los hijos y los consuegros; allí fue a la estantería del sector  papelería para buscar algunos  obsequios y tarjetas que aún le faltaban por comprar. Alzó la vista y encontró una bufanda negra y lisa sobre el aparador, doblada con cuidado. Era exacta a la que había deseado con intensidad. Observó la pieza y la tomó entere sus manos y la olió, la encontró impregnada del perfume que tanto le gustaba. Comprendió que pertenecía a una mujer. Continuó con la búsqueda que la había llevado hasta allí y una vez en la caja para pagar por su compra, se dirigió a la cajera y le notificó de su encuentro. Esta le respondió:
—A esta hora no se encuentra el gerente y yo no puedo recibir ningún objeto perdido. Ya estoy de salida, comprenda señora. Venga mañana en horario de oficina y haga la entrega por favor.
Se retiró del local y fue a encontrarse con su esposo que la esperaba en la cafetería. Le comentó lo sucedido y él se sorprendió de la casualidad. Luego de terminar de tomar el café se marcharon a su casa.
Al día siguiente ella ideó una estrategia para localizar a la dueña de la bufanda.
Procedió a acariciarse con el perfume e impregnó a la bufanda negra. Se arregló con esmero y al rato fue a la calle Larios, donde comenzó a preguntar a la gente en la calle si reconocían el aroma que la envolvía a ella y a la chalina. Algunos colaboraron de buena gana y con ánimo, pero no acertaron; otros se enojaron y consideraron que era una impertinencia, armaron un escándalo y hasta notificaron a unos policías, quienes le llamaron la atención:
—Señora, no puede estar molestando a los transeúntes con sus preguntas.
—Oh, pero no estoy haciendo nada malo o fuera de las normas de convivencia.
En medio de la perturbación salió al paso una joven quien se acercó e intervino:
— ¿Cuál es tu pregunta?
—Tienes que adivinar cuál es el perfume que me rocía a mí y a esta bufanda.
—“Aire” de Loewe—. Respondió.
—Así es —. Añadió Carolina y la tarde se impregnó de notas cítricas verdes que acompañaron a las mandarinas de Messina, sonrieron a los limones de Calabria, abrazaron al Jazmín de Grasse y al ámbar de Styrax, hasta aparecer de último el Sándalo de Mysore que invitó a descubrir el almizcle del Tíbet. 



lunes, 23 de enero de 2017

Casa Estudio Suso de Marcos














Asistimos a la 4ta sesión del ciclo de música “Él lenguaje del arpa” coordinada y convocada por Suso de Marcos, en su Casa Estudio en Puerto de la Torre, Málaga, gracias a la gentil invitación hecha por Isabel María Vega.
Antes de extendernos en la descripción de esta experiencia, debemos hablar sobre Suso, para en otra entrega, comentar sobre los pellizcos cromáticos de música culta que disfrutamos en la mencionada sesión lograda para el deleite.
Jesús López García, es un escultor conocido como Suso de Marcos. Nació el 17 de octubre de 1950 en Boimorto, La Coruña. Es un escultor quien a los diecisiete años comenzó su trabajo en un taller de artesanía, hasta su incorporación al Servicio Militar; luego se matriculó en la Escuela de Artes y Oficios. En 1973, se trasladó a Madrid para continuar, en la Escuela Central de Artes y Oficios su formación artística, hasta abrir su taller propio, en el que creó un Cristo Resucitado para Santander y una Virgen de La Piedad para Valencia. En 1976 quedó en tercer lugar en el Certamen Nacional de Bellas Artes y se trasladó a Málaga, donde fue contratado como profesor de arte, a la par que abrió otro taller. En 1982 ganó, por oposición, la plaza de profesor titular de Talla Artística, en la Escuela de Artes y Oficios. Con el apoyo del Museo Diocesano, promovió un concurso-exposición y creó el Premio de Talla Suso de Marcos.  Es autor de más de cien obras de carácter religioso, siendo la primera la de Nuestro Padre Jesús Resucitado, talla encargada por la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Alhaurín el Grande. Entre sus obras destacan también el Crucificado del Perdón y obras de carácter contemporáneo. Ha realizado numerosas exposiciones individuales y colectivas, que se pueden contemplar en museos, instituciones, centros educativos y también en la vía pública: como son los monumentos a Fosforito o Miguel de Molina.
Es miembro numerario de la Sección de Escultura de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo de Málaga, miembro correspondiente de la Real Academia Gallega de Bellas Artes de Ntra. Sra. del Rosario y miembro correspondiente de la Real Academia de Sta. Isabel de Hungría de Sevilla. El 5 de marzo de 2011 fue nombrado hijo predilecto del municipio de Boimorto. El centro de dinamización cultural de Os Ánxeles, en este mismo municipio y el lugar que ocupaba la escuela donde comenzó sus estudios, lleva su nombre.
Su vida dedicada a la escultura en sus múltiples facetas está representada en muchas piezas reunidas en su vivienda, transformada en una casa-taller-estudio. Es una moderna vivienda de nueva construcción en Puerto de la Torre con diseño de su amigo el arquitecto Salvador Moreno Peralta, donde Suso agrupó su trayectoria artística en diferentes espacios: dos salas de exposiciones, sala de bocetos, seminario con bibliografía, estudio-taller, biblioteca y sala de recepción. Allí están exhibidas piezas contemporáneas en las que combina una amplia variedad de materiales, como la piedra, resina, agua y la madera, con formas fluidas por las que transcurre una emocionalidad exaltada.
También están presentes las figuraciones de imaginería religiosa para iglesias y cofradías, miniaturas de apóstoles, vírgenes y Cristos, expresadas con las puntuaciones de un artista del siglo XX y XXI.
Allí, la invitación está extendida a artistas, estudiantes de Bellas Artes, arquitectos y a “todo aquel al que le pueda interesar el arte y la cultura”, según sus propias palabras, para disfrutar de visitas guiadas, apreciar los diálogos entre su obra con la de otros creadores, gozar de charlas y conciertos en un jardín decorado con esculturas de gran formato para exteriores, y hasta paladear vino dulce malagueño.
Somos testigos. Suso, además de ser un escultor consagrado, es un hacedor de encuentros culturales de sublime factura, a la manera de la pluralidad de los mundos de Olaf Stapledon, en la bella y cautivadora ciudad de Málaga.

Referencias:
http://www.malagaenred.com/esculturas.htm

http://www.cedecom.es/noticias/suso-de-marcos

viernes, 30 de diciembre de 2016

Un año más. Muchos cambios más.




Un año más. Muchos cambios más.
En pocas horas veremos la culminación del año 2016 y el inicio del año nuevo 2017. Ciertamente sentiremos alegrías por lo bueno que hemos vivido y tristezas por las personas que nos faltan, alguna mala situación que nos haya tocado o lo que hemos dejado atrás,  así como ansiedades por lo que está por venir a nuestras vidas: los cambios.
Son cambios ineludibles que tejen el destino de cada quien y sobre los que tenemos que reflexionar y también sobre lo que se nos haya estancado; por eso es definitivo, para superarnos, aprender de los aciertos y de las experiencias que constituyan errores. Tomar nota para repetir lo positivo y para corregir las acciones que nos llevaron a resultados no deseados. Debemos pensar y planear nuestros pasos para repetir todo lo que nos ha llevado al éxito y para evitar lo que nos impidió alcanzar nuestros objetivos.
Y sobretodo tenemos que disfrutar de nuestra vida diaria y familia, ser felices, ser flexibles ante los cambios sabiendo entender nuevos caminos que se nos presenten, disfrutar del trabajo, del tiempo de ocio, de cuidarnos y de querer al prójimo. Este disfrute solamente lo lograremos a través de la pasión con la que nos entreguemos a vivir.
Espero que este próximo año 2017 sea de pasión y del entusiasmo, del cumplimiento de los grandes deseos y concreción de nuestros proyectos. De muchos cambios más, para bien de todos.
Muchos abrazos y afectos,

Olga

lunes, 26 de diciembre de 2016

Feliz Navidad 2016 y Año Nuevo 2017



Estas Navidades son especiales para mí y llenas de sentimientos muy fuertes. Aún recuerdo con nitidez mis primeros regalos del Niño Jesús, en realidad los recuerdo con detalle a todos los que he recibido en estas fechas, en especial un pupitre con pizarra incorporada que me encantó y una Barbie. Y distingo cuáles han sido los más importantes de todos.
También recuerdo una infinidad de detalles de nuestras costumbres familiares, que cambiaban en algunas cosas a modo de fluir con las modas. Cuando vivamos en la quinta Nancy de La California Norte, en Caracas, mis hermanas y yo montábamos el arbolito natural y tradicional que papi compraba en el CADA, el que estaba al borde de la Av. Francisco de Miranda. Ese olor maravilloso a pino y que impregnaba toda la casa  todavía está en mi memoria y su imagen colorida y con gran cantidad de obsequios al pie, para todos y cada uno de los integrantes de la familia. Un par de años lo decoramos con una “nieve” de vidrio molido. Qué cosa tan loca, las manos nos picaban muchísimo, hasta que eso fue suprimido. Otra vez hicimos una rama envuelta en jabón azul batido para que semejara estar cubierto de nieve y le pusimos las bolitas de colores y lucecitas, pero qué cosa más fea. La cena de Navidad y Año Nuevo siempre estuvo basada en las hallacas, el pavo, la ensalada de gallina, el pernil, pan de jamón, la torta de navidad, el dulce de lechosa y el cabello de ángel. Hubo años en los que se introdujeron algunos cambios como las lentejas y el lechón, pero fueron suprimidos por decisión unánime. Todo el menú estaba acompañado por los aguinaldos tradicionales y las gaitas maracaiberas, y en fin de año, no faltaban las doce uvas y champaña. “La percha” era un asunto importante entre mi mamá y nosotras las hermanas, así como no tener los colores repetidos, de modo tal que a mediados de noviembre, cada quien escogía su color y hasta de traje largo nos vestíamos Era un juego bonito. Y los caballeros siempre con flux y corbata. Formalidades con las que éramos muy felices.
A través de los años hubo cambios; el peor de todos fue que faltaran Mama Tula, nuestra abuelita y mi papá. La tristeza comenzó a auto invitarse a nuestras navidades, con cada partida de un familiar. Este año también ha tratado de colarse con otras pérdidas y con los terribles cambios de nuestra amada Venezuela y porque estamos dispersos en diferentes países, pero le aclaré que nunca ha sido bien recibida ni lo será.
Los niños y los jóvenes merecen vivir hermosas Navidades y recibir los regalos más importantes de todos: el Amor, la Fe, la Esperanza y la Alegría. Mis padres nos los otorgaron a diario y en todas y cada una de las navidades que estuvimos juntos. Merecen el honor de que transmitamos su legado, por eso sé con firmeza que esta es una muy Feliz Navidad y el Año Nuevo 2017 será pleno de Prosperidad.

¡Y así sea siempre!

domingo, 30 de octubre de 2016

Venezuela Libre



Con lágrimas bordadas a punto de cruz en mi alma, recuerdo y añoro a mi país, áquel previo a todos estos horrores que sufre mi pueblo en pleno siglo XXI, producidos por terribles personajes, ante los que palidecen los típicos de las fiestas de Halloween.

miércoles, 15 de junio de 2016

Aniela Buda por Olga Fuchs (Primer y último capítulo)






Título original: ANIELA BUDA
Copyright ©Olga Fuchs



Reservados todos los derechos. Queda rigorosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamos públicos, sin la autorización escrita del “Copyright”, y según las sanciones establecidas en las leyes.

















“Arroyos irracionales de sangre manchan la tierra…”.
William Butler Yeats.












A los polacos que han padecido tanto
A los alemanes que han padecido tanto

A Egon Daron Buda
A Annita Ferrareis de Daron
A la familia Daron Buda
A la familia Daron Ferrareis e hijos
A mi familia

A los venezolanos que no imaginaron que iban a padecer tanto
A las nuevas generaciones, para que impidan nuevos Holocaustos


Y a  todo aquel que defienda la vida y la civilización occidental.








PRIMER  CAPÍTULO
La Decisión.

Observo a mis nietos jugar en el luminoso jardín y me enternece esa imagen. Sé que pronto moriré y que debo poner por escrito el relato de mi peregrinación, y la narración del día en que los comunistas me despojaron de todos mis bienes, de mis alegrías, de mi amor, de mi Polska.
He postergado la escritura de esas memorias, pero debo hacerlo, por ellos y por mis hijos. Mi vida no habrá de terminar en un silencio de miedo. Ya me he curado del temor, hasta del temor a morir. Ya espero la muerte con tranquilidad, aunque el tiempo no me ha perdonado y me atiza una edad avanzada con fatigas dolorosas, debo sobreponerme en este capítulo final, pues los niños habrán de saber que la vida me ha agasajado y me ha obsequiado dádivas maravillosas, pero también me ha castigado con severidad.
Así, he llegado a sentir la muerte como una  liberación, a los combates e intrigas en los que nos sumerge la vida. Es posible, sí.
Mi lucha ha sido fuerte y no sé porqué me vi obligada a  librarla. Sólo sé que no pude evitarla y que por mis amores debí afrontarla.
Frente a la trenza de recuerdos alegres y tristes, hice todo lo posible por escapar de los horrores, aunque el enemigo me alcanzara, repetidas veces. Ahora sé que en ese entretejido estamos amarrados a nuestros enemigos y que ellos tampoco pueden escapar de nosotros.
A menos que en nuestro camino nos acompañe la poesía.




 

ÚLTIMO  CAPÍTULO

Anioł niezrównane piękno.


En el pasillo hacia la habitación de mamá encontré a Lourdes, la enfermera que la cuidaba durante la noche, y que se disponía a hacer el cambio de turno con Esther, quien la atendía por las mañanas. Nos saludamos y me dio el reporte de atención médica. Asentí sin decir palabras y la señora se despidió con cortesía. Abrí la puerta con cuidado y entré a la habitación muy temprano en la mañana; era el tres de junio de mil novecientos setenta y siete.
Mamá estaba de pie, veía a través del cristal del ventanal el jardín húmedo por el rocío. Apoyaba su mano derecha en una esquina del pequeño escritorio que Anna había dispuesto para ella a principios de año. Parecía esperar algo o a alguien. Toqué la puerta con los nudillos para no sobresaltarla y advertirle de mi presencia. Volteó hacia mí y me saludó:
—Hola Egon. Es un hermoso y tranquilo amanecer. ¿Ya tomaste café?
—Hola mamá. No he tomado café todavía, quise saludarte antes. Pero ya le pedí a Coromoto que lo trajera junto a unos scons salados, bizcochuelos y mermelada de durazno. ¡El desayuno favorito de su señoría!
— ¡Oh Egon! Me mimas demasiado.
—No lo considero así. Tú has hecho por mí y por todos tus hijos tales esfuerzos que este desayuno o mil quinientos millones de desayunos, serían poco para compensar tanto esmero de madre. Y ¿Por qué estás levantada? ¿Qué miras por la ventana? ¿No te sentías muy cansada ayer por la tarde?
—Sí, efectivamente, me sentí muy cansada y hoy también me siento agotada. Pero, quise incorporarme, siento una prisa que antagoniza con mi viejo cuerpo y también tengo cierto apremio por decirte algo y he estado ordenando mis pensamientos. De hecho, he estado escribiendo desde meses atrás.
En ese momento, entró Coromoto con el desayuno para mamá, la cafetera, la cremera, la azucarera y dos tazas de porcelana. Colocó todo sobre la mesa de madera cubierta con un mantel de encajes y dispuso el servicio.
—Muchas gracias, tú eres muy amable Coromoto —. Comentó mamá.
—Es una alegría servirle doña Aniela. Disfrute su desayuno. Y usted señor Egon ¿Desea alguna otra cosa?
—No, muchas gracias, sólo tomaré el café, luego iré con Anna y los niños; están dormidos todavía porque anoche estuvieron hasta muy tarde con el tío Witold.
—Muy bien, estoy a sus órdenes —. Y salió de la habitación.
—Mamá, y ¿Qué me quieres decir?
—Debo entregarte una carta muy vieja, aunque no tan vieja como yo —. Bromeó y su rostro se iluminó con una sonrisa cómplice y continuó ─. Un escrito, unos cuantos documentos, fotografías y, sobretodo, recuerdos —. La ayudé a sentarse a la mesa y ella se movió con lentitud. Comencé a sentirme curioso y más curioso todavía por la gran coincidencia entre estas palabras de mamá y la reciente aparición de Krzystof en nuestras vidas.
Ella comenzó a comer y no quise interrumpirla. Alcé la mirada hasta la cómoda y noté que había nuevas fotografías sobre ese mueble, apoyadas en las numerosas botellas de perfumes. Desde allí me miraban muchos rostros desconocidos, pero  comprendí que tenían mucho que ver conmigo y nuestra familia. Algunos eran rostros juveniles, otros severos y distantes, como la de una dama que vestía una blusa oscura con un camafeo ajustado a su cuello y quien miraba fijamente a la cámara con una actitud desafiante como si dijera: “Yo soy invencible”.
Mamá siguió mis ojos y me dijo: —Esas son fotos que no habías visto. Las he tenido guardadas durante muchos años y las coloqué allí anteayer. Se han preservado a través del tiempo. Han resistido gases mortíferos, lluvia, sol, miedo, lodo y hasta salitre. Se han aferrado a estar presentes, viajan del pasado al presente con cada mirada que les otorgamos. No aceptan el olvido. Sí, ya me imagino que tienes muchas preguntas: ¿Quiénes son? ¿En qué lugar tomaron esas fotos? Todas esas preguntas las respondí por escrito; pero antes de continuar, tomemos más café —.
Guardamos silencio y con tranquilidad apreciamos la bebida caliente y aromática. Un placer matutino. Una costumbre que adquirí en el trópico, así como degustar chocolate. Dos delicias que conocí al llegar a Venezuela.
—Un bolso pequeño de cuero curtido me ha acompañado desde mil novecientos treinta y nueve. Muy ajustado a mi cuerpo y debajo de mis ropas en las terribles travesías de escape a través de muchos caminos peligrosos. Me ha servido para guardar la carta, los documentos y las fotografías que te mencioné ─. Interrumpió el silencio con aquella declaración —. Un bolso que se convirtió en una segunda piel; una piel protectora de recuerdos, de derechos sobre propiedades, de gritos ahogados por miedo. Un bolso que he decidido abrir para mostrar su contenido. Hijo mío, durante muchos años he mantenido silencio, un férreo silencio acerca de los años que vivimos en Europa, durante la época de guerra. ¡Ah caramba! ¡La época de la guerra! En medio de una guerra se conoce quién es quién —. Continué escuchándola sin intención de interrumpirle ─. Existen personas que aprenden, erróneamente, que sólo pueden confiar en el sufrimiento, en la pobreza y otros creen que se lo merecen todo, por encima de todos. Y en medio de la guerra salen a flote todos los “verdaderos yo”. Y puedes sorprenderte con los cambios que sufren las personas, a veces insospechados. A quien creías fiel, es capaz de canjear tu vida por una taza de harina. A quien creías valiente y resuelto, lo ves llorar y temblar antes que los niños. A quien creías incapaz de matar, lo ves asesinar sin necesidad de hacerlo. O presencias violaciones a jovencitas, incluso ya estando muertas. Esas vivencias e imágenes tan terribles se tornan rutinarias en medio de la guerra. Es espantoso cómo las personas se acostumbran a ese trastrocamiento de los roles, de las normas, y esa aceptación de la pobreza extrema, del sufrir sin límites. Nunca creí ser testigo de la prepotencia que otorga un fusil para disponer de las vidas y actuar abusivamente, escudándose en un simple “seguir órdenes”. He sentido una inmensa desesperación y profundas angustias para protegerte y para proteger a tus hermanos. Ha sido mi deber de madre y lo he cumplido. Sin embargo, en algún momento estamos obligados a abandonar al mundo. Debemos partir —. Tomó aire, guardó silencio por un momento y exploró en su memoria —. Tengo nostalgia de Kamin. De la Kamin en la que formé a mi familia, en la que construí tantos sueños junto a tu padre y junto a mis padres. Recorro con mi mente todos los lagos y los ríos en los que me sumergí y jugué con mis hermanos. Tantas alegrías e ilusiones que compartíamos. No imaginábamos que todo ese mundo tan apacible y armonioso, iba a ser destrozado por completo. La guerra es un infierno incomprensible. Sólo puedo entenderla como un lazo invisible que nos une a nuestros enemigos y el que impide escape alguno, de ellos o de nosotros.
Mamá se reclinó en la silla y respiró profundamente. Cerró los ojos. —Llévame hacia la cama —. Me pidió —. Estoy desvaneciéndome —. De inmediato y con mucho cuidado la conduje a su cama. Le acomodé los almohadones alrededor de la cabeza y la cubrí con las mantas más gruesas, pues la sentí muy fría.
—Descansa mamá, te traeré un vaso con agua y algo de azúcar. ¿Te apetece?
—Sí, pero antes debo darte el bolso, Busca en la segunda gaveta de la cómoda, debajo de los mantelitos de lino. Ahí está, y dentro, está mi legado.
Caminé hasta la cómoda y encontré el bolso. Lo abrí y  le dije:
—Muy bien mamá. Veo que se trata de algo muy importante para toda la familia. De momento lo dejaré guardado en ese mismo lugar. Regresé hacia ella, le tomé las frías manos y la besé en la mejilla. Sonrió y bromeó: ─ Busca el vaso con agua, o quizás sea mejor, un vaso con Whiskey, agua y hielo—.
Natychmiast piękne matki (De inmediato bella madre).
Bajé a la cocina. Anna, los niños y Witold ya estaban allí dispuestos a desayunar.
—Buenos días a todos —. Saludé y abracé fuertemente uno a uno y con mucho afecto. Quise contener en ese abrazo un llanto pronunciado. Sentía mucho dolor por la inminente partida de mi madre. Quizás con ese abrazo pretendí sostener a la familia unida, a la familia en tiempo presente para siempre e impedir que cualquier horror, como lo era la guerra, nos tocara de nuevo. Anna se percató de mi sentir y me preguntó sobre mamá.
—Está un poco cansada, pero bien. Ha tomado su desayuno sentada a la mesa y luego se recostó de nuevo en la cama —. No añadí más para no alterar a los niños y mostré una sonrisa quieta —. Coromoto ¿Me trae café? Ah, y leche, por favor.
—Por supuesto señor Egon —.
—Muchas gracias Coromoto, y en cuanto pueda acompañe a mamá hasta que Esther llegue, por favor —.
—De inmediato, no se preocupe, y ella no debe tardar en venir.
—Eduardo llamó hace poco y dijo que está por llegar y el chofer también llamó. Ya está en camino junto a Eugenia, cree que después de mediodía estarán aquí —. Comentó Anna —. Debo llevar a los niños al colegio y luego regresaré a casa —. La señora Esther, la enfermera del turno de día, vendrá en media hora.
—Muy bien Anna, a tu regreso iré a la oficina y en la tarde nos reuniremos todos de nuevo. No vendré para el almuerzo. Anna no respondió, sólo asentó comprendiéndome. Ella tiene ese sentido del tacto con el que se intuye cuáles son las aristas íntimas del alma a las que es mejor no acercarse, por amor y por respeto.  Dice que todos tenemos secretos y que es justo respetarlos.
Anna es mi compañera perfecta. Junto a ella renazco. Es una mujer vital y precisa que se centra en lo fundamental en la vida, con la misma intensidad con que enfrenta los detalles del diario acontecer. Gestiona desde el detalle más pequeño hasta el más importante de nuestro hogar y de nuestras empresas. Anna es fantástica.
Dirán que la veo con ojos de enamorado, y es cierto. El estar enamorados es algo subjetivo, pero de forma objetiva, también amo a mi Anna. Es maravillosa. Junto a ella todo el lado oscuro de las personas es superado,todo es posible, no existe empresa imposible. Es sorprendente, se desempeña con soltura en la preparación de exquisitos platillos, pasando por la atención a los hijos, coordinación de nuestras empresas, organización de bodas y fiestas fastuosas hasta la construcción de iglesias. Doy gracias a Dios por haber encontrado a Anna, mi compañera y socia de vida. Me ha dado comprensión y la mayor de las alegrías: nuestros hijos Erik, Fabio y Daniela. Anna es de una materia resistente y suave a la vez. Es tenaz y comprensiva. Ah, no se rían, no soy sólo un enamorado más. Ella es ciertamente magnífica.
—Anna Giovanna —. Dije en voz alta sin percatarme de lo que hacía.
— ¿Cómo? ─. Preguntó Witold.
— ¡Ah sí! —. Desperté de mi ensoñación. Estaba pensando en Anna y continué:
— ¿Sabes que ya ha sido concluida la construcción de la Iglesia de Santa Ana de La Lagunita? Ha sido una obra dirigida por ella y ha logrado íntegramente la recolección de los fondos necesarios para concretar el proyecto. Es un edificio religioso perteneciente a la iglesia católica romana localizado en este sector de La Lagunita, del llamado Municipio El Hatillo. Forma parte de la ruta de algunos fieles católicos de la ciudad de Caracas, que la utilizan en la peregrinación conocida como Ruta de los Siete Templos. Se ha convertido en una iglesia popular entre las parejas para celebrar matrimonios o compromisos debido a la vistosidad de su arquitectura y el entorno verde del sector. La ceremonia de consagración por parte del Obispado se realizó el mes de febrero pasado. Fue una lástima que no hayas podido asistir.
—Así es, pero fue una estupenda noticia. Esta es una zona del sureste de la ciudad de Caracas ¿No es así? —. Preguntó Witold de forma distraída.
—Sí, efectivamente—. Respondí y en ese momento se presentó Esther, la enfermera.
—Buenos días. Ya me dispongo a asumir la guardia diurna señor Egon. Buenos días señor Witold. ¿Cómo se encuentran?
Ambos hermanos guardamos silencio. Sólo respondimos con un gesto cordial y respetuoso. La mujer entendió y se dispuso a ir a la habitación de mamá.
—Yo estaré aquí atento a la llegada de Eduardo y Eugenia, acompañaré a mamá todo el día. Subiré a su habitación . Añadió Witold.
Miré a mi hermano con agradecimiento y nos despedimos. Me recliné lentamente sobre la silla. Miré hacia la fuente del jardín a través de la ventana, y vi el movimiento repetitivo del agua; ese ir y venir me pareció un remedo de la rueda del tiempo. Sí, porque el tiempo se asemeja a una gigantesca e interminable noria, y de la que no podemos escapar, así como pareciera que no podemos escapar de nuestros enemigos, como decía mamá con cierta frecuencia.
Con un respiro hondo, me encaminé a atender los asuntos de trabajo. Hice llamadas, respondí notas de correspondencia, revisé presupuestos y el movimiento de facturación del mes. Cumplí con mis deberes de forma automática.
Mi mente flotaba más allá de mí, alrededor de dudas existenciales: La razón de la vida, la razón de la muerte… ¡Cuánto me gustaría poder llevar aquello a una fórmula matemática simple! Al lenguaje en el que me desenvuelvo con mayor soltura: El lenguaje numérico.
En medio de esas reflexiones me llamaron por teléfono para anunciarme que mis hermanos Eduardo y Eugenia ya se encontraban en casa. Me apresuré a organizar mi agenda y mis papeles, di las instrucciones para el resto de la semana, y llamé a Anna para avisarle de mi regreso a casa.
Mis sentimientos eran una mezcla de alegría y tristeza. Alegría por tener a la familia reunida en torno a mamá, y de tristeza, por ser aquella, una reunión de despedida.
Ya atardecía y en la casa todo estaba en perfecto orden. Las cortinas, los muebles, las flores, los cuadros y las alfombras fluían en armonía de colores. La vajilla y la cristalería habían sido dispuestas sobre la mesa del comedor a la espera de la hora de la cena. Me dirigí hacia la terraza donde me esperaban Anna y mis hermanos, que ya habían visto a mamá. Conversamos cordialmente. Expresamos el gran cariño que nos une y Eduardo le preguntó a Eugenia sobre el convento. Ella le respondió: ─ Allá el tiempo nos ignora. Flotamos de las oraciones de la madrugada, que llamamos maitines hasta el crepúsculo sin sobresaltos ni apetencias. La hiedra que escala los muros penetra nuestras conciencias y puedes sentir el moho del tedio en tu cerebro ─. Respiró profundamente y continuó ─. Pero el recuerdo de mis seres queridos me mantiene, la fe en Dios y La Virgen me sostiene. Hemos de emerger a otra vida con alegría y entereza.
—Te quiero mucho Eugenia —. Dijo Witold.
En medio de ese fraternal intercambio mi atención se desvió hacia la brisa que agitaba los bambús del jardín, las risas de los niños, el verdor de los árboles de mango, los parloteos de las guacamayas y los lejanos ladridos de los perros del vecino.
Creo que comprendimos que el tiempo particular que había hilado nuestras vidas distanciaba sus puntadas y el hilo que nos unía a mamá estaba por romperse. Sentí una gran impotencia, pero no lo expresé. ¿Para qué hacerlo? ¿Para qué llorar?
Pasamos al comedor y cenamos casi en silencio. Miré los ojos grises de Eugenia. No teníamos nada más que decir.
En ese momento, escuché que Anna recibía al sacerdote. Los saludos llenos de cordialidad y cortesía no cubrían del todo la pesadumbre que significaba aquella visita. Necesaria sí, pero determinante. Salí al recibidor y di la bienvenida al clérigo, quien fue conducido por Anna y Eugenia a los altos de la casa, hacia la habitación de mamá.
Me quedé junto a Eduardo y Witold, los niños continuaban distraídos con sus juegos. Aún no caía la noche por completo.
Mis pensamientos me arrastraron hacia lo más hondo de un silencio de despedidas y de recapacitaciones.
Vivimos, construimos, destruimos nuestras vidas, las rehacemos, reemprendemos proyectos para comprender que hagamos lo que hagamos va a haber un final. Podemos contemplar todo lo que hemos hecho como un gran tapiz, lleno de principio a fin de casualidades, de aciertos y de equivocaciones, de riesgos asumidos y de cobardías; pero creo que sólo de lo que estemos orgullosos debería estar lleno nuestro propio y particular tapiz.
Así construyó Aniela Buda, mi querida madre, su tapiz. Lo decoró con lo que la hacía sentir orgullosa, como lo hacen las almas valerosas y auténticas.
Eugenia bajó a buscarnos: —Ya es la hora —. La seguimos escaleras arriba. Dentro de la habitación rodeamos la cama de nuestra madre y ella nos miró uno a uno. Nos pidió que nos acercáramos más para besarnos en la frente. Cada beso más débil que el anterior, pero fueron los cuatro besos más dulces y tiernos que pudo haber en ese incipiente amanecer.
Al incorporarnos la enfermera limpió la frente de mamá y le acomodó las frazadas. Eugenia acercó una silla a la cama y le tomó las manos. Me retiré hacia la puerta y dirigí mi mirada hacia la cómoda. Ya habría tiempo para los escritos allí guardados.
Eduardo pronunció unas palabras: — Anioł niezrównane piękno—.  (Ángel de belleza inigualable). Ella sonrió y cerró los ojos para siempre.
Miré el pequeño calendario que estaba sobre el escritorio. Era el cuatro de junio de mil novecientos setenta y siete.