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martes, 5 de junio de 2018

Lágrimas y hojas








Quiso ganar el concurso literario a toda costa, pero el jurado calificador sólo le otorgó una mención. Su furia desatada enfiló contra la coordinadora quien protegió a sus colegas plantando cara y exigir :  Debes respetar la decisión inapelable del jurado. Las bases del concurso así lo establecen.
No atendió el razonamiento y durante décadas hostigo, vociferó y buscó desprestigiar a quien trataba de mostrarle la realidad, con acusaciones incluso de robar su poesía, hasta que la Jueza Sexta de Violencia contra la mujer le comunicó que había ganado el concurso al poeta desubicado.
Desde entonces va por las calles juntando letras con lágrimas y hojas caídas de los árboles, para luego reclamar a los pañuelos y al viento el plagio de sus versos.

Fotografía: http://comunicadoresambgracia.com/2018/02/20/fulles/

jueves, 20 de agosto de 2015

"Marquesa de chocolate a dos tiempos o de cómo cocinar cuentos de amores" en Letralia tierra de letras.



Primer tiempo

Para la preparación del pudín, coloqué en una olla de poca profundidad 1 taza de leche descremada y calenté el líquido a fuego lento, agregué 1 yema de huevo y agité la mezcla con vigor para cocinar la yema, añadí 1 tableta de chocolate de taza “La India” cortada en trozos pequeños y agité con una paleta de madera para impedir que se quemara o apelmazara la preparación. Al momento de que el chocolate estuvo fundido por completo puse 1 cucharada de ron y 1 cucharadita de esencia de vainilla.
Mezclé 1 cucharada de “Maizina Americana” en media de leche descremada líquida y añadí a la mezcla anterior, manteniendo todo a fuego lento por dos minutos. No me gusta mucho lo dulce, así que agregué sólo media cucharada de azúcar.
En un envase apto para la refrigeración, vertí una primera capa del pudín y cubrí esa capa con una primera hilera de galletas “María” que debían estar humedecidas previamente en poca leche. Repetí ese procedimiento hasta que se acabaron los dos paquetes de las galletas y el pudín. Traté de terminar la torta con pudín, es decir, administrar los materiales.
Guardé la marquesa en la nevera durante una hora.

Segundo tiempo

Probé con ansias mi marquesa de chocolate, el pudín estaba perfecto, pero olvidé humedecer las galletas “María” y la torta quedó muy seca. ¿Cómo resolver ese olvido? Decidí hacer más pudín con la esperanza de que las galletas se suavizaran, pero no tenía más chocolate de taza “La India”, así que repetí el procedimiento completo de la confección del pudin pero con una tableta grande de chocolate de leche “Savoy”; no añadí azúcar, pero sí más ron y vainilla.
Cambié toda la preparación a otro envase y agregué el nuevo pudín, de un marrón más claro y menos untuoso que el anterior, el que, adherido absolutamente a las “Marías” primigenias, no permitió (muy antipáticamente) que borraran su huella, aunque sí tuvo que soportar ser confinado por una oleada de renovadores vigores.
Resultado: una marquesa de chocolate a dos tiempos y a dos tonalidades de marrón, de extraño aspecto, pero de extraordinario e inusual sabor y que remeda a unas segundas nupcias: un dulzor que se enfría en el tiempo y se recompone con uno nuevo o con lo que se tenga.
La clave está en tener ron a la mano y en suficiente cantidad. Siempre.
http://letralia.com/letras/2015/08/15/marquesa-de-chocolate-a-dos-tiempos-o-de-como-cocinar-cuentos-de-amores/

martes, 12 de mayo de 2015

El ventanal del aeropuerto. Olga Fuchs®



El ventanal del aeropuerto
Olga Fuchs®

La multitud, acompasada, se movía en todos los sentidos. La cinta mecánica había trasladado pasajeros que arribaban o que salían de viaje en orden, sin interrupciones, sin sobresaltos. El andén móvil había funcionado durante años desde la inauguración del aeropuerto. Sus dientes metálicos se veían desgastados, pero, implacables, encajaban uno detrás del otro, mordiendo tiempo, destinos y almas distraídas por el sopor del jet lag. El sonido del aire acondicionado semejaba una cascada de fría agua que detenía los alientos como besos abortados.

La figura de Esteban transcurría y se reflejaba en el ventanal de vidrio, frío testigo de los anhelos de ida y vuelta. Sentía esa sensación de ser observado, incómoda y extraña, cuando encontró los ojos de Begoña, que le sonreían desde el andén móvil en el sentido opuesto, desde cierta distancia, acercándosele lentamente. Esteban no creía lo que veía. Su vieja amiga aparecía de nuevo, después de veinte años sin saber nada de ella.
Esteban gritaría a viva voz:
— ¡Begoña, Begoña! −Y luego de una pequeña pausa, añadía con otro grito−: ¡Begoña, Begoña, soy Esteban García!
Begoña reía ya abiertamente al reconocer a Esteban y, en el justo momento de pasar uno frente al otro, la cinta rodante se detuvo.
—Begoña, hola −decía él entusiasmado luego de un cariñoso abrazo−. Tantos años sin vernos, pero estás idéntica, no has cambiado.
—Hola, querido Esteban −decía Begoña correspondiendo al saludo de su amigo−. Tantos años sin vernos, es verdad, pero no olvidamos nuestros rostros. Qué alegría me da… −no pudo terminar la frase por causa de una fuerte explosión al fondo del pasillo rodante.
Miles de pedazos de vidrios de aquel ventanal voyerista saltarían hacia el confinado espacio de aluminio y las grises alfombras con negros detalles de vinilo, absorbían el  rojo de la sangre, en contraste con todo aquel claroscuro.

El ventanal roto convertido en reflexión plata, se extendía en mil pedazos sobre los pasajeros inertes, ya maniquíes de vitrina.

jueves, 14 de agosto de 2014

“Marquesa de chocolate a dos tiempos o de cómo cocinar cuentos de amores”.


“Marquesa de chocolate a dos tiempos o  de cómo cocinar cuentos de amores”.
Primer tiempo
Para la preparación del pudin, coloqué en una olla de poca profundidad 1 taza de leche descremada y calenté el líquido a fuego lento, agregué 1 yema de huevo  y agité la mezcla con vigor para cocinar la yema, añadí 1 tableta de chocolate de taza “La India” cortada en trozos pequeños y agité con una paleta de madera para impedir que se quemara o apelmazara la preparación. Al momento de que el chocolate estuvo fundido por completo puse 1 cucharada de ron y 1 cucharadita de esencia de vainilla.
Mezclé 1 cucharada de “Maizina Americana” en media de leche descremada líquida y añadí a la mezcla anterior, manteniendo todo a fuego lento por dos minutos. No me gusta mucho lo dulce, así que agregué sólo media cucharada de azúcar.
En un envase apto para la refrigeración, vertí una primera capa del pudin y cubrí esa capa con una primera hilera de galletas “María” que debían estar humedecidas previamente en poca leche. Repetí  ese procedimiento hasta que se acabaron los dos paquetes de  las galletas y el pudin. Traté de terminar la torta con pudin, es decir, administrar los materiales.
Guardé la marquesa en la nevera durante una hora.
Segundo tiempo
Probé con ansias mi marquesa de chocolate, el pudin estaba perfecto, pero olvidé humedecer las galletas “María” y la torta quedó muy seca. ¿Cómo resolver ese olvido? Decidí hacer más pudin con la esperanza de que las galletas se suavizaran, pero no tenía más chocolate de taza “La India”, así que repetí el procedimiento completo de la confección del pudin pero con una tableta grande de chocolate de leche “Savoy”, no añadí azúcar, pero sí más ron y vainilla.
Cambié toda la preparación a otro envase y agregué el nuevo pudin, de un marrón más claro y menos  untuoso que el anterior, el que, adherido absolutamente a las “Marías” primigenias, no permitió (muy antipáticamente) que borraran su huella, aunque sí tuvo que soportar ser confinado por una oleada de renovadores vigores.
Resultado: una marquesa de chocolate a dos tiempos y a dos tonalidades de marrón, de extraño aspecto, pero de extraordinario e inusual sabor y que remeda a unas segundas nupcias.
Un dulzor que se enfría en el tiempo y se recompone con uno nuevo o con lo que se tenga.

La clave está en tener ron a la mano y en suficiente cantidad. Siempre.

lunes, 24 de marzo de 2014

Huida



El escape de la disciplina de mis padres concluye. Llego al hotel desconocido. Abro una puerta para cerrar otras, para iniciar el «no sé qué». Avanzo dos pasos en esta habitación y veo las cortinas lamer el piso de granito.
Hoy cumplo dieciséis años. Celebro la conquista de mi soledad y avanzo tres pasos más. Me retiro los zapatos, mis pies desnudos se impregnan de una viscosidad roja y comienza el escalofrío a morderme, incesante
Busco la cama, me recuesto, volteo a la derecha y encuentro un cuerpo sin ropas, sin ojos, sin boca, sin sexo, sin cabellos. Momento de gritar, pienso. Pero, ¿por qué no grito?
Sin apartar la vista de ese cuerpo, recojo la viscosidad roja del suelo para arroparnos, y tomo a la penumbra como almohada.
Siento la brisa de la noche, alborotando las púas del miedo. Me abandono al cansancio. Cuánta lucha. Y ahora este bicho a mi lado, invasor de mi día festivo, de mi cumpleaños, de mi libertad, de mi intimidad; y sin embargo, lo acepto. ¿Necesito compañía para tejer la filigrana de mi vida? ¿Qué es esto que me persigue?
Respiro silencio en este reposo de cautivo. El sigilo es una amenaza de represalias por la osadía del escape. Y el miedo que no se me quita de encima.
El mutismo de ese cuerpo me mata. Ni reclama, ni regaña, ni me grita. Ahora sin prohibiciones y sin condenas, anhelo escuchar un sometimiento, un regaño, un puñetazo a mis labios, a mi cabeza, inundarme de sangre. 
No, no lo permito, debo huir. La calma es la huida, aunque creo imposible escapar del escalofrío o de tus dientes sin boca. ¿Me oyes? ¡Me voy!

Volteo hacia la izquierda.

Siento mi caída en el vacío hasta estrellarme en el suelo, y allí, el golpe en la mejilla me devuelve una conciencia sin ropas, sin ojos, sin boca, sin sexo, sin cabello, y veo las cortinas lamer el piso de granito. 

lunes, 3 de diciembre de 2012

Luces de navidad



La neblina cubría el cielo nocturno de Catia. Ella miraba el farol de la calle como si mirándolo de esa forma adivinaría su futuro. Era una niña tranquila y observadora. Fijó esa imagen en su memoria: aquella luz vaporosa que flotaba en la densa niebla. Y, por supuesto, las mariposas de la noche, las frenéticas suicidas del candil. ¿Estarán enamoradas de esa luz? ¿Amor y muerte? Pensó y sonrió.
Los otros niños gritaban y encendían fosforitos en el zaguán. El olor a pólvora se mezcló con el aroma del guiso de las hallacas de la abuela Mamatula, y de las hojas de plátano ahumadas, y de la fritanga de manteca de cochino con onoto, y del dulce de lechosa cocinándose a fuego lento.
Mamatula se acercó y le regaló una bengala ya prendida. Miró la lucecita que voló de sus ojos a los de su abuela y un hilo de vida, candor y alegría les amarró las almas para siempre.
Así, su inocencia le ayudó a disfrutar de tales poderosas sutilezas.

lunes, 16 de enero de 2012

AZUL MARINO




Subimos al bote que nos conduciría hasta las plataformas flotantes cerca de la barrera de coral. Allí nos esperaban los delfines, las mantarraya y los tiburones nodriza, en las inmensas piscinas adecuadas para el encuentro entre humanos y seres marinos. La luz solar y el mar Caribe se mecían acompasadamente. Conversaban con tranquilidad.
El grupo de turistas recibió las instrucciones precisas de cómo comportarse con los animales que íbamos a acariciar. Dos parejas de turistas iraníes, se apuraron para entrar a la lancha. Las mujeres iban completamente cubiertas por vestidos de baño. Llevaban dos bebés sentados en sendos cochecitos. Mi hijo Carlos y yo nos miramos desconcertados ante aquello. ¿Cómo pretendían subir al bote a unos niños amarrados a esos carritos? Los nenes podrían morir en cuestión de instantes en caso de hundimiento. Decidimos callar y no causar alboroto.
Llegamos a las plataformas flotantes, que privaban a los animales de su libertad plena, pero que los mantenía en las condiciones más naturales posibles y al resguardo del océano abierto del llamado Paso de La Mona. Nos entregaron el equipo de buceo básico y los chalecos salvavidas. Me enfundé en aquel dressing code para buceadores. Vi cómo los padres de los nenes se disponían a disfrutar de la experiencia y dejaron sobre los puentes flotantes a los niñitos, aún amarrados a los carritos. Los infantes veían todo con ojos llenos de un negro despavorido, pero guardaron silencio. Un silencio inocente.
Decidí no preocuparme por los asuntos ajenos. Me zambullí a la pileta de agua salada con la alegría de una niña que desea jugar con sus mascotas y con una inmensa curiosidad por sentir la textura de aquellos animales. De pronto, mi hijo y yo estábamos rodeados por dos delfines, dos sombras sinuosas que nos exploraban también. El chaleco salvavidas me estorbaba y me lo quité, contraviniendo las indicaciones de los instructores; sólo lo ajusté a mi mano izquierda.
—Quizás la imprudencia sea contagiosa. —Pensé. Yo quería nadar libre, tocar más a los dolphins, reír más.
En el momento en que me iba a amonestar el guía, el cielo bramó. No entendí lo que gritaba el firmamento, pero con seguridad no se trataba de un asunto cordial. Lanzó muchas centellas contra la costa, cada vez más lejana. Las olas crecieron y arrastraron al parque acuático más allá de la zona segura, la protegida por el arrecife. Las plataformas comenzaron a crujir con fuerza.
El entarimado sobre el agua se inclinó. Los cochecitos de bebés se cayeron al agua. ¡Con los bebés! Nervios y angustias. Unos hombres fueron en auxilio de uno de los carritos.
Carlos nadó hacia el sitio del hundimiento del segundo carruaje. Logró alcanzar al aparato y soltó el cinturón de seguridad que sostenía al niño. Estaban muy profundos ya, cuando uno de los delfines comenzó a empujar hacia la superficie al niño. Carlos nadó hacia el aire indispensable.
Respiró varias veces con frenesí. Se calmó. Me buscó con la mirada. Braceó y me alcanzó. Vimos cómo alzaban a los infantes en medio de la confusión. Todos trataban de encaramarse en la tarima endeble a empujones. En contraste, la mar se aplacó y las nubes se despejaron. La luz se abrió paso entre las cortinas de vapor.
Carlos agregó, con la ironía propia de un buen hijo:
—Ahora las mallas se romperán y los tiburones salvajes podrán acercarse hasta nosotros para vernos, oírnos y comernos mejor.
Ante aquella sentencia sentí más frío en las piernas. El vaivén de la marea me balanceó junto a la idea de ser devorada por los escualos. Eso me causó una sensación erótica inexplicable, interrumpida por la caricia venenosa de las medusas, que aliñó mis miedos y esfumó mi encantamiento. Coloqué de nuevo el salvavidas alrededor de mi torso. Me sumergí en el agua, para apreciar de nuevo la música aguamarina.
Vi el infinito marino, la cordillera invertida de corales y algas. La lentitud del vértigo. La caída sorda. El firmamento líquido prometía tragarme. Todo era ondulación. No así la luz. La luz se clavaba directo en todos los azules y turquesas lamidos por las lenguas de algas marrones y ocres. Las algas aplaudían las sinfonías del silencio, dirigidas por la luz penetrante de conciertos inaudibles. Una inmensa boca se abrió en aquel fondo sin fondo. Apareció el único rojo disonante en toda aquella composición. Un mudo rugido amenazó con salir a flote y liberar su furia.
Sentí cómo mis cabellos flotaban negándose a acudir a un extraño llamado, tanto así que se tensaron hasta casi dolerme. Obligada saqué la cabeza del agua. Carlos me halaba por los cabellos y me gritaba. Lo escuché con dificultad:
— ¡Mira mamá! Tenemos que irnos ¿Por qué te separas tanto del grupo? ¡No te sumerjas más! ¡Sal!
Tomé una gran bocanada de aire, respiré con ansias e incomprensiblemente molesta le grité:
— ¿Sal? ¿Quieres más sal? ¡Nadamos en sal!
— Sí. Sal marina, para aderezo de parrilla. Deja la broma que la cosa está seria. Los cochecitos se cayeron con los niñitos. Tuve que ayudar a sacarlos del mar; esos padres no tienen conciencia, sólo gritaban y lloraban. Unos venezolanos mantuvieron a flote a los carritos, pero entre seis no tenían suficiente fuerza. Fue difícil sacarlos. Ahora vámonos. ¡Nada conmigo para regresar! ¡No te separes de mí!— Volteó su mirada hacia el puente flotante y me indicó que nadáramos hacia allá.
Sonreí al ver la preocupación de Carlos por mí. Por fin los papeles estaban invertidos. El me cuidaba a mí. —Eres mi ancla a la realidad hijo mío ¿Qué sería yo sin ti? —Dije sin esperar respuesta.
—Serías poeta o algo así. ¡Sígueme! —Respondió y nadó hacia el borde de la plataforma, remedo de certezas.
Intenté seguirlo como me ordenó, pero una corriente de agua me abrazó por la cintura y suavemente me hundió en el azul más perfecto, el azul cobalto. Millones de burbujas me hacían cosquillas. No evité brindar entre ellas hasta atragantarme, toser agua en el agua y agitar los brazos, entonces, con desesperación.
Aleteé, me sacudí, me contorsioné, hasta que pude escupir muerte y aférrame a un hilo de vida. Logré alcanzar a Carlos.
Llegaron más botes de salvamento y marineros ayudantes. Regresamos en silencio al muelle que soportaba un alboroto que aturdía. Nos encontramos con mi esposo y mi hija, que esperaban ansiosos. En la habitación del hotel me duché y me preparé para dormir. No quise comer nada ni comentar lo ocurrido. Me disculpé. Expliqué que deseaba dormir.
Varias horas más tarde, sentí a la cama estremecerse y me desperté. Miré el reloj. Era el jueves 5 de enero de 2012 a las 5 y veinticinco minutos de la mañana, día de sismos en el Santo Domingo de la República Dominicana.